Un angosto camino de tierra de 10 kilómetros, en medio de terrenos áridos, conduce desde la parroquia Julio Moreno a la comuna de Sube y Baja, en Santa Elena.
Desde su ingreso, por la única calle, que además es un campo de fútbol, el pueblo se ve vacío y fantasmal. Todo es silencio. A lo lejos se escucha el ladrido de un perro que despierta por el ruido de un auto. Las casas, en apariencia, están abandonadas. De pronto una anciana se asoma desde un piso alto de una casa sencilla. Desde allí indica cómo ubicar a uno de los dirigentes de la comuna: en la escuela de la aldea.
Santiago Bernabé, dirigente, profesor y agricultor, se encuentra en la única escuelita fiscal de Sube y Baja, poblado fundado en 1938 y que tiene 350 habitantes.
En esta pequeña población la llegada del invierno causa mucha preocupación. Frecuentemente, suelen quedarse aislados a consecuencia de las lluvias.
“En el 2010 llegamos a estar dos veces aislados, porque crecen los ríos y se corta la carretera”, dice Bernabé. La escuela está en la segunda y última calle del poblado.
Los ríos que aíslan las tres salidas que tiene el pueblo son: el Loma Brava, el Grande y el Cristal. “Todo esto se llena de lodo. Los carros, especialmente los tanqueros, no pueden entrar. Los meses de invierno fuerte, de febrero a abril, cogemos agua lluvia y la hervimos. Incluso nos quedamos sin luz”, expresa el comunero.
Por esta época, varios pobladores que viven de la venta de carbón viajan a Guayaquil para comercializarlos en asaderos, parrilladas y comisariatos. Regresan con provisiones por si se quedaran aislados. El carbón es una costumbre ancestral. Lo venden por sacos. Una parte se queda para su uso, pues aún cocinan en fogón.
Bernabé pide a las autoridades que los atiendan. Luego va a una de las cuatro aulas del plantel, para rendir una evaluación.
Santa Elena En la salida norte de Sube y Baja, hacia la presa El Azúcar, solo en el verano se puede cruzar por un puente de madera construido luego del invierno de 1982.
“El de cemento se desplomó en 1982, durante El Niño, debido a la creciente del río que viene desde Chongón”, cuenta Lorenzo Borbor. Espera las lluvias para sembrar en sus 2 hectáreas.
De regreso hacia el sur, a 12 kilómetros de Sube y Baja, en Julio Moreno, la preocupación es similar. Genaro Baquerizo, presidente de la Junta Parroquial, dice que basta con que llueva una hora en la montaña para que los ríos Hondo y Bejuco crezcan y bajen arrastrando palizada y hasta culebras.
“El agua sube 70 centímetros. Se desbordan las letrinas y vienen las enfermedades. La carretera se corta y quedamos separados. El invierno pasado la ayuda llegó en helicóptero, las dos veces que quedamos bloqueados”.
Con 500 casas es el poblado más grande de esta ruta, la antigua vía a la península. Predominan casas de bloque, en su mayoría construcciones antiguas.
10 kilómetros más hacia el sur, en Juntas del Pacífico, Primitivo Salinas espera que a en esta ocasión, como en los últimos cinco años, no queden incomunicados. Además, sufren por la falta de agua, por la que pagan USD 2 por un tanque de 22 galones.
“Lo único que nos queda es tomar agua lluvia. Hace algunos años tenían que venir helicópteros de la FAE a llevarse los enfermos (al hospital de Salinas)”, explica Salinas, un agricultor, mientras descansa en una hamaca.
Entre Juntas y Limoncito, el poblado más distante de Santa Elena, limítrofe con Guayas, la Prefectura peninsular concluyó ocho de las 10 alcantarillas que encauzarán los afluentes.
Limoncito, cuyos habitantes viven del cultivo de maíz, yuca, plátano y papaya, fue fundada en 1901 como comuna. Tiene 80 casas, en su mayoría de madera. Todavía se mantiene en pie la que habitaron sus fundadores: Manuel Orrala y Mercedes Matías.
“Nuestra necesidad más urgente es el alcantarillado. Se necesita encauzar 250 metros del recorrido del agua, que pasa en medio del pueblo, para llevarla al río. En un invierno fuerte aquí el agua sube 80 centímetros”, dice Alfredo Orrala, presidente de la comuna.
Bernabé, Borbor, Baquerizo, Salinas y Orrala tienen un anhelo común: que el invierno no sea tan devastador para que no les afecte a ellos ni a sus cultivos.